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me considero una sacerdotisa... Pero ellos qué saben de estas cosas... Ellos qué saben de ese momento en el que un rayo de luz del crepúsculo, filtrándose a través de la rendija de una ventana, se convierte en un mundo de personajes e historias, más allá del tiempo y del espacio advirtiendo de la ignorancia que se oculta tras la apariencia de las cosas. Ellos qué saben de la magia indescriptible de ese inefable instante en el que inclinando suavemente la cafetera, el oscuro café se precipita estrepitosamente en el interior de la blancura de la taza, desprendiendo esa aromática nube, tan llena de sugerencias, increpando la estática presencia del no-tiempo, aún a pesar de nuestra ignorancia. Han olvidado los sueños de sus antepasados, y los pocos que recuerdan se los toman a broma. La Iglesia les colonizó la conciencia y ahora ya solo ven la tele.
Y, en aquel momento, viendo ensimismado como vertía lentamente el café en la taza, tuve una inexplicable experiencia: algo así como que cada gesto, cada cosa, cada palabra, cada instante de la vida es una recreación de la eternidad.
-Siéntate -me invitó con su dulce sonrisa, colocando el candelabro de tres velas sobre la mesa.
A todo esto se puso a sonar el reloj.
-¿Cinco campanadas? -pregunté sorprendido- Creí que era más tarde.
-Debe serlo -respondió ella con indiferencia.
-¿...?
-Un día me enfadé con él, y le quité las agujas. Le dije: ya no me vas a fastidiar más-. Y ahora, como, al no tener agujas, no puede saber la hora que es, de vez en cuando le doy cuerda y se acuerda de que es un reloj y se pone a tocar campanadas a cualquier hora y, claro, ni sabe las que ha de tocar. ¡Ja!
Me la quedé mirando sorprendido, por un momento dudé de si lo decía en serio o en broma: "¿Será capaz de creerse lo que está diciendo?"
Ella, sonrió con aquella beatífica sonrisa, contrastada por los penetrantes ojos grises.
-¡El tiempo! -exclamó de pronto histriónica, con un amplio gesto, como si acabara de realizar un sorprendente juego de manos-. He aquí el más ingenioso de todos los trucos, y el más malo..., ya que se desmonta a sí mismo: minutos que parecen años, años que parecen minutos. De pronto ha pasado una vida y parece que fue ayer. Algún día, recordaremos el principio de los tiempos y también diremos aquello de: "¡Ay!, ¡parece que fue ayer!" ¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Quinientas vidas, mil? Poco más o menos. Ya no vendrá de aquí. Quinientos o mil días. ¿Y qué hice aquellos días? ¡Tal vez nada! ¿Cuántas vidas pasaron? ¿Cuántas vidas puede tener una vida?
-El tiempo y el espacio son dos referentes esenciales de nuestra vida -añadió-. Pero, en ocasiones se expanden dándonos la impresión de que nos encontramos en una estancia infinita, y otras veces se contraen pareciéndonos que todo ocurre al mismo tiempo y en el mismo lugar. En definitiva, la cuestión es vivir el momento presente con un sentimiento de eternidad en el corazón.
La elocuencia del silencio atravesó la estancia como un águila real.
Sentí que ya había terminado nuestro encuentro.
-¿Cuánto te debo? -pregunté, temeroso de lo que me pudiese cobrar.
-¿Tú cuánto crees que me debes...? -respondió con una sonrisa.
-Bueno, me refiero… Por tirarme la cartas y todo eso.
-Cuando vuelvas me traes algo de leña.
-¡Ah! Vale.
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