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está en venta, cada cual se prostituye como puede. Si yo te contara lo que he tenido que hacer a largo de mi vida… -echándose a reír de nuevo-. Algún día quizás te cuente algo.
-Pero bueno. Vamos a ver que dicen las cartas -concluyó retomándolas-. ¿Magia blanca o magia negra? -y se echó a reír con su loca risotada a la que yo ya me iba acostumbrando-. Fíjate bien. No te dejes enredar Horacio.
-Bueno -quise intervenir-, la verdad es que me ha sorprendido esto del márquetin blanco y el márquetin negro. Nunca lo había visto desde esta perspectiva.
-Es una antigua cuestión conceptual -aclaró-. La magia negra te pone a su servicio, la magia blanca se pone a tu servicio. Yo no te quiero poner a mi servicio, no quiero quedarme con tu conciencia, no quiero explotarte, solo intento ayudar para que cada cual encuentre su camino -dicho lo cual puso las cartas en medio de la mesa. Y acercándose al fuego lo atizó y puso un tronco para animarlo.
-Bien. Vamos al grano. Usaré solo los arcanos mayores -dijo con determinación volviendo a sentarse-. Hay muchas maneras de tirar las cartas -añadió-, pero lo importante no es como se tiran sino como se explican. Tal como te dije, las cartas son solo un vehículo para la intuición, y una magia para despertar capacidades dormidas -aclaró-. Y mientras barajaba se puso a recitar algo así como una especie de ininteligible canción.
Cuando hubo terminado puso las cartas boca abajo en medio de la mesa.
Yo la miraba sorprendido
-Era un mantra -dijo-. Para concentrarme. Corta.
Corté, ella rehízo el montón y cogiendo la primera carta la puso ceremoniosamente en medio de la mesa.
-“¡El Mago!” –dijo con voz sofocada, haciendo ostentación de sus largos dedos que habían quedado suspendidos en el aire como un reptil al acecho, mientras observaba atentamente la carta del tarot que acababa de depositar sobre la mesa.
La severa expresión de su arrugado rostro, exageradamente pálido, contrastaba con el pelo rojizo que lo enmarcaba como un aura y los expresivos ojos grises, dándole un aspecto inquietante.
-Fíjate Horacio, una hermosa carta -dijo pausadamente sin levantar la mirada del arcano-. Este eres tú. Parece hecho adrede. Bueno, es tu presente. El hacedor potencial. ¿Lo ves? Tiene sobre la mesa los instrumentos y en la cabeza un gran sobrero que con el borde hace el signo del infinito. Puede invocar y convocar. Posee un gran poder. Tienes los recursos en tus manos -dijo mirándome al fin con la fría determinación de sus afilados ojos-. Bueno, pero también puede ser un malabarista y un embaucador. Un vendedor del elixir de la vida. Un publicista… Habrá que ver, tienes buena madera, pero no sé si la habrás aprovechado bien. ¿Qué has hecho con tus denarios? ¿He? -dijo sin dejar de mirarme fijamente con una sonrisa burlona-. El Mago es un creador impenitente, no puede parar de crear mundos y fantasías, tiene gran poder y fuerza de sugestión, tanto es así que puede llegar a creerse su propia película, puede llegar a ser su propia película, y su mundo se puede acabar convirtiendo en su propia trampa. Puede terminar siendo el cazador cazado, el creador creado, y terminar atrapado en su propio montaje. -Hizo una pausa mirándome con una expresión que no supe identificar. Respiró profundamente, como recuperándose, se echó atrás en la silla y volvió.
-Veamos que más dicen las cartas.
Ahora fui yo quien se echó para atrás en la silla, un poco a la defensiva, e instantáneamente cambió de expresión, apareciendo una dulce sonrisa y una mirada cariñosa y serena que llenaron su rostro de luz, contrastando enormemente con el semblante frío e incluso hostil de hacía un instante, era como si se hubiese quitado una máscara, o se la hubiera puesto, ves a saber. Habría asegurado que se trataba de la persona más dulce, comprensiva y cariñosa del mundo. Este cambio tan exagerado y repentino en su expresión, aparte de producirme un sobresalto, me desconcertó enormemente. La escuchaba en silencio y no podía cesar de observarla, sobrecogido y fascinado al mismo tiempo, pero tampoco podía dejar de permanecer a la defensiva ante aquella sugestiva aparición. Sus expresivas manos se movían con distraída precisión, dándole la elegancia natural de un ser sobrenatural, parecía que con cada gesto pudiera crear un nuevo universo.
-Veamos cómo usar estos recursos -dijo, siguiendo con aire desenvuelto. Y echó una nueva carta, colocándola cuidadosamente a la izquierda de la primera.
-¡Ja! ¡En el pasado!: “¡La Torre!” -exclamó divertida- Te quedaste sin pasado. ¡Se rompió! ¿Lo ves? ¿Se te rompió la torre de marfil? ¿Y ahora qué, el caos? ¿Eh? -y diciendo esto golpeaba con la
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