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-Sí -dijo ella con una amplia sonrisa-. Vinieron a cenar y se le adelantó el parto. Rompió aguas y cuando llegó la ambulancia el niño ya había nacido.
-Vaya situación tan complicada.
-Bueno, soy enfermera, y yo también fui madre -dijo con satisfacción-. Ya sabía un poco de qué iba la cosa.
-¿Ya han encontrado trabajo? -preguntó.
-Sí, Miguel hace de jardinero. Y Silvia hace mermeladas y las vende en el mercado semanal, son muy buenas.
-Muy bien -asintió-. Así que te han mandado ellos. Siéntate -dijo, mostrándome una silla que había al otro lado de una pequeña mesa negra y redonda-. Eres amigo de Miguel y Silvia, pero siéntate -insistió con una amplia sonrisa.
-Miguel y Silvia me dijeron que tirabas las cartas -dije, intentando desembarazarme de la extraña situación que se había creado inicialmente.
-Así es, tiro las cartas.
-Pues bueno, a eso he venido, a que me las tires a mí.
-Y ¿qué quieres saber? -preguntó la mujer con una mirada que por un momento parecía verme desde muy lejos.
-¿Qué quiero saber? Pues… Bueno. No sé. Tengo un lio.
-El problema quizás sea que si supieras lo que quieres saber quizás ya sabrías lo que quieres saber -interrumpió ella estallando de pronto con una sonora risotada que rompió la tensión del primer momento-. A veces buscamos respuestas correctas a partir de preguntas equivocadas -añadió.
“Vaya personaje”, pensé, “y vaya casa. Y vaya recibimiento”. Ya me dijo Miguel que está un poco loca, pero que tiene buen rollo, que es una vidente y que a ellos les había ayudado mucho.
-En realidad las cartas sirven para salir de tus esquemas prefigurados y hacerte nuevas preguntas -e hizo una pausa oscilando el balancín.
-Estos últimos tiempos he hecho muchas cosas, he tomado muchas decisiones sin pensar, de forma compulsiva -dije intentando situarme-. Las circunstancias, el trabajo, el estrés, la vida… los sentimientos, las emociones.
Ella asintió con una sonrisa comprensiva balanceándose en el balancín.
-¿Vives por aquí? -preguntó.
-Sí, en Can Roure, es una masía que hay hacia el final del valle. Creo que ya nos hemos visto alguna vez por el pueblo.
-Sí, en la tienda -respondió ella con una extraña sonrisa-. Cuando te vi supe que acabarías viniendo.
-¿Por qué?
-Bueno esto es un pueblo y aquí nos terminamos conociendo todos, y tú con esta pinta…
-Pues mira que tu… -me atreví, a lo que ella se echó a reír de nuevo.
-Pero cuéntame, ¿cómo llegaste a Can Roure?
-Eso mismo me pregunto yo –respondí algo incomodo por haber de explicar algo que ni yo mismo terminaba de comprender muy bien-. Es largo i complicado. Tenemos la masía entre seis amigos para venir de fin de semana. Yo trabajaba en publicidad. Se me cruzaron los cables y perdí el trabajo. Me cogió un ataque de estrés. Con mi compañera tampoco iba bien. A mí me pareció que nuestra vida en Barcelona era una locura. Muy inestable. Tenía algún dinero, cobraría una liquidación y podría hacer algún trabajo desde aquí. Después ya veríamos. No sé. Al final me he quedado solo y, tengo un lio… no sé. No sé si hice bien.
Ella escuchaba atentamente. Se levantó del balancín, dio una vuelta por la estancia, animó el fuego, encendió unas velas que puso sobre la pequeña mesa negra, encendió unas varillas de incienso que perfumó el ambiente y le dio un aire mágico, trajo una cajita de cristales de colores y se sentó en la silla que había al otro lado de la pequeña mesa redonda y negra frente a la que me había invitado a sentarme. Sobre la mesa había un mantel que era un mandala.
-Así que quieres que te tire las cartas -dijo con una afable sonrisa.
-Sí, claro. A esto he venido -respondí con aparente desenvoltura.
-Claro, claro -respondió con seriedad- pero debo advertirte. Que té tire las cartas no es una cuestión inocua e intrascendente.
-¿Qué quieres decir?
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