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1- La Bruja

 

La puerta no estaba cerrada. Un gran portón de madera vieja, gruesa y gastada. Llamé con la palma de la mano produciendo un sonido apagado... Nadie respondía... Empujé lentamente haciendo chirriar las viejas bisagras.

-¡Hola!... ¿Hay alguien ahí?... ¿Nadie?... -Unas amplias y gastadas escaleras de piedra oscura ascendían al piso.

Era una casa aislada en las afueras del pueblo. No había a quien preguntar. Quizás haya salido, pensé.

Subí los escalones lentamente. Una estancia en penumbra. La chimenea estaba encendida.

-¡Hola! -intenté de nuevo-. ¿Nadie? -Bueno, esperaré. La puerta estaba abierta y el fuego encendido, no debe andar lejos.

Miré a mi alrededor todavía deslumbrado por la luz exterior, fuera aún hacia sol.
Era una habitación grande, parecía ser cocina, comedor y sala de estar. Me acerqué al fuego y lo aticé un poco mirando de reanimarlo. Había cosas colgadas de las paredes y del techo: telas, cuadros, tapices, macetas con plantas, objetos diversos. En la penumbra, todavía  deslumbrado, no acababa de distinguir los detalles de una estancia que se me antojaba algo caótica. Acerqué las manos al fuego, una sensación de calma. Aspiré profundamente. Me senté frente a la chimenea. Pasaron unos minutos.

Los ojos se me fueron acostumbrando a la penumbra. Me levanté a echar un vistazo. Sobre la campana de la chimenea había una especie de mural, un colaje, como un remolino ascendente que arrastraba cosas y personajes. En un rincón, volúmenes colgantes que debían ser de escayola formando una especie de estalactitas pintadas de colores. Montones de libros por todas partes. Muebles antiguos. Objetos absurdos: un bidé hacia de macetero, un paraguas abierto y sin tela colgaba del techo como una gigantesca araña, un reloj de pared sin agujas, colgantes de macramé, baúles llenos de misterio con cojines donde sentarse. Era como un caótico desván lleno de inquietante y ruidoso silencio, en el que se arrincona todo aquello que es considerado inútil y cae en desuso y termina siendo el lugar más sugestivo de la casa. Algo así como una puesta en escena de todo aquello que guardamos celosamente en el subconsciente.

Quizás llega un momento en el que la sociedad ha logrado poner tan en orden todas sus cosas que al final las personas terminan atrincherándose en el desván del subconsciente, dispuestas a defender su misteriosa singularidad a todo trance. Una sensación de deliberado desorden invade la estancia. En el otro extremo la cocina... Algo de color rojizo se mueve ligeramente. Tengo un sobresalto. ¡Allí hay alguien! Avanzo un paso.

-¡Hola! -me aventuro de nuevo.

-¡Hola! -responde desde el rincón una voz femenina, tranquila, rasposa...

Doy un paso atrás, al tiempo en que me percato de que realmente allí hay alguien, sentado en un balancín, y que probablemente ha estado allí todo aquel tiempo, observándome en silencio. Parece una mujer, con el pelo rojizo, vestida de negro.

-E... eres Carmela -tartamudeo en vistas de que no dice nada.

-Sí, soy Carmela -responde oscilando ligeramente en el balancín. Parece afable. Incluso me da la impresión de que sonríe- ¿Y tú? ¿Quién eres?

-Me llamo Horacio... te estaba buscando. Unos vecinos me dijeron que era aquí... encontré la puerta abierta... Te estaba esperando -dije con nerviosismo.

-Muy bien Horacio, yo también te esperaba -respondió ella casi alegremente.

-¿Te avisaron de que vendría?

-¿Quién?

-Miguel y Silvia.

-¡No! No, ellos no me dijeron nada, en realidad hace días que no les veo. ¿Cómo están?

-Bien, les vi hace poco.

-¿Y David, como está?

-¿El niño? Bien, muy guapo. Ya me contaron que tuviste que hacer de comadrona.

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